NARRATIVA SANJUANINA / ernesto simón

Publicado en Ernesto Simon el 30 de Noviembre, 2005, 10:14 por adrian campillay

Maleficios modernos

Le enseñaron la traición como una de las formas de la verdad, como el modo más fácil de encontrar la luz que nunca le fue afín. Días y noches, y más tarde semanas completas, lo empeñaron en una sola obsesión: encontrar el camino que lo lleve a la felicidad. Pero había tomado un mal camino, muy malo, el que le indicaron sus antecesores, delincuentes de mala muerte que terminaron sus días en una cárcel del sur. Bien al sur. Donde las figuras casi no proyectan sombra porque los días son todos grises.

Aprendió que una puñalada artera es la forma más sencilla de hacerse respetar. Los bares de los suburbios modernos fueron su guarida. El sitio perfecto para demorar la vuelta a un hogar que nunca tuvo del todo. Suburbios modernos, ya no de dominio de guapos y malevos, sino más bien tierra de nadie, como todo lo contemporáneo.  

Una noche calurosa y quieta decidió abrir fuego en una taberna de poca monta. La vida lo había enfrentado a un hombre más furioso que él. La primera bala erró su suerte. Cuando iba a disparar por segunda vez, sintió un ardor en la boca del estómago. Sospechó que la muerte no se haría esperar. David Mc´Dilon, el hombre que nació al sur, cayó al suelo, víctima de una bala rápida, más rápida que su vista y que el reflejo del que alguna vez hizo alarde.

Mientras todo se nublaba, y él caía, pensó: soy el hombre más malvado de este siglo, ¿entienden?, no van a terminar conmigo dos balas de mala muerte.

La silueta se desploma en cámara lenta, ese viejo recurso del cine y de la muerte, y sus huesos tocan por fin la música predilecta de los asesinos. Traigan a un regimiento si es que quieren terminar conmigo, porque de lo contrario no van a derribar a este roble que ha crecido al sur. Mc´ Dilon sintió la anestesia infalible de la bala dentro de su cuerpo. Soy David Mc´Dilon, el hombre que nació al sur, bien al sur, donde las figuras casi no proyectan sombras porque los días son todos grises. Creyó que las palabras salían de su boca desgarradas, en un grito poderoso, que todos en la taberna escuchaban.

Luego la ambulancia, sirenas, luces rojas revoloteando en la espesura de la noche, y gente alrededor murmurando naderías. Un médico de hospital terminó con el ardor interior. Sacó la bala, y lo curó. Ocho días más tarde, David Mc´Dilon estaba agradeciéndole al hombre bonachón y viejo, de estatura baja, que le había salvado la vida.

Malbran, el hombre resentido que quiso matarlo, buscó la manera de llevarlo al final de su camino. Consultó a una pitonisa que se había dotado de alguna fama después de haber pronosticado la muerte del capellán de Ñacuñán, un pueblo cercano a casi todas las ciudades del mundo, donde nunca pasa nada, o, mejor así, casi nada.

La pitonisa le pidió una foto de su enemigo y preguntó por qué lo odiaba tanto. Malbran la miró con desprecio. David Mc´Dilon mató a mi hermano, lo mató por dinero. Alguien lo contrató para que él lo mate, ¿entiende usted eso? Cuarenta y cinco, tal vez cincuenta años de rencor se alojaban en la mirada de Malbran.

La pitonisa asintió. Entendió el odio y el pedido de aquel hombre. También entendió otras cosas que sólo descifran aquellos que alguna vez conversaron con la muerte.

Malena hizo poco, tal vez nada. Acudió a maleficios modernos que antes nunca habían fallado. Invocaciones y prácticas oscuras, que matarían al propio demonio, cayeron sobre la foto y el espíritu de Mc´Dilon. Pero la fuerza, el azar, o tal vez la suma de ambas cosas, hicieron que nada de todo esto acabara con el hombre nacido en el sur. Los males no surtieron efecto y David seguía vivo a pesar de los artilugios que la mujer intentó asestarle.

Se sabe que el destino suele ensañarse con las personas sin suerte, y que la vida es más dura para con los que nacen en las orillas de una ciudad cada vez más furiosa y centrífuga como ésta, que todo se traga y todo lo extermina. Los caminos de David Mc´Dilon y Malbran volvieron a cruzarse, tal vez porque los dos así lo quisieron. Y como ambos buscaron un final, puede ser que el destino no tuvo nada que ver con esto.

Otra vez se trabaron las miradas de odio. Ahora se revelaba el rencor inmemorial que había hecho cada vez más agrio el pasar de estos hombres. Uno de los dos saldría muerto. Ninguno iba a correr el riesgo de dejar con vida al enemigo. Uno caería. El otro seguiría arrastrando para siempre el amargo estigma de ser un asesino.

Y así fue. Es así como terminan estas historias acaecidas en suburbios modernos, ya no de dominio de guapos y malevos, sino más bien tierra de nadie, como todo lo contemporáneo.

Uno sintió que estaba vengando a su hermano asesinado. El otro pensó que era el hombre más malvado de este siglo, y que no iba a terminar con él una bala de mala muerte. Y también recordó que tendrían que traer a un regimiento si es que quieren terminar conmigo, porque de lo contrario no van a derribar a este roble que ha crecido al sur. El ruido del disparo y el olor a pólvora se apoderaban de la escena.

Esta historia no ha sido contada antes, sin embargo es conocida por muchos en Ñacuñan City y en algunas ciudades aledañas. Nadie cuenta quien de los dos cayó, porque es mejor así. Lo que se olvida, se muere; y casi todos quieren olvidar aquellos días de furia ocurridos en un lugar lejano ubicado al sur. Bien al sur, donde las figuras casi no proyectan sombras porque los días son todos grises.

Extraído de "HOMBRES MODERNOS". Autor: Ernesto Simón. Ediciones EL NISPERO, 2005.