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EN EL BALNEARIO Demoré cuarenta años en llegar al Pacífico. Durante esa travesía hacia el poniente, hacia estas aguas que eligen como espuma llegar hasta el planeta, abrí puertas que daban a insólitas escenas, donde a veces alguien gritaba y otras todo el teatro se quedaba en silencio. Fueron centenares de habitaciones las que crucé antes de llegar ante el Pacífico. Conocí el pánico de vivir y la fobia de morir, dos hermanos gemelos. Aprecié millones de gestos, muecas, rictus. Oí en los vecindarios amalgamas de risas, sollozos y lamentaciones, y muchas más quedaron en ese cielo ajeno al que se le da la espalda. Estoy ante el sitio que dio nombre al azul, frente al lugar donde el pesado color se mece entre dos tierras. Estoy inmóvil al borde mismo como la piedra que una mano arroja para que otra mano, invisible, la detenga. Como aquel que sale a las euforias del sol de las complejidades de un mundo subterráneo, sombra sólo él bajo el extenso mediodía. Porque también soy ese hombre. El que, en un paisaje de espejos, es devuelto a su única imagen por el reflejo de las olas, para vivir –entonces y nunca antes– el instante donde todo acaba y se termina: es el rompecabezas, que se arma. El sol, el poco pasto, el aire que también es azul y las exactas manchas del negro de las rocas están finalmente en su lugar. Este es el sitio donde se sabe que levantar un puñado del volátil suelo es arañar el vaso del reloj de arena. Donde se interpreta que esas rápidas construcciones de agua, esos vertiginosos lazos de plata que suben y pronto en lo muy hondo se sumergen, son el mar que piensa y que esas oscuras aves –que repentinamente allá se elevan– son sus mejores ideas, esas que se marchan para siempre. Estoy ante el Pacífico como el hombre ante el fuego.
DIENTES DE SABLE No existe, pero existió y solamente él sabe que aún existe: para su poderosa armazón de colmillos y de vértebras cualquier otro detalle que la curva de su enorme espalda resulta irrelevante. En su clara conciencia que mira con ojos amarillos la llanura es una sola eternidad y el hombre otro animal y no lo mejor del páramo. Pesado abuelo del tigre, se esconde en la pisada que disimula y aparenta ser otra cosa, el rodar de una rama, un descuidado raer el viento la desnuda superficie: todo paso a paso sabe que es él lo que imprime esas marcas y en cuanto a todo, a él le basta ese contacto. Quizá su corpulento acecho ha refinado sus tácticas y ha llegado al óptimo de la espera en una desconocida escala felina. Un resorte paciente que aguarda hace un millón de años que crucemos la marca: nuestra ignorancia le confirma que no debe darnos ninguna gracia. A la vez en varios lados, como antaño y siempre, (así lo creyó y lo cree nuestra supersticiosa idea de las cosas) es esta señal en el suelo y también y mejor esa fornida sombra que de sí misma erige una colina donde el final de nuestra vida espera, mascota de la muerte, segura y musculosa.
SOBRE LUIS BENITES (en el momo extras)
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