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fotografía: Alberto Castex (2005)
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el hambriento y la mandrágora santa
si supiera cuanto va a llover
sabría preparar el cuerpo para el diluvio
si supiera que esa nube
si supiera si todas las nubes llueven
si supiera que todas las lluvias mojan
si supiera cuando va a llover lo disimularía
sabría prepararle una húmeda mentira
si el cuerpo sabe todo lo seco que se encuentra.
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las mejores mandrágoras de exportación
le pertenecen a la noche de los que no tienen miedo ni culpa
la sombra también cuelga de los patíbulos.
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el fruto de la perdición tiene verdes porciones
el fruto de la obsecuencia tiene podridos pedazos
los padres dejan que sus hijos mueran de hambre
y mueran de enfermedades que no creen
y mueran de soledades que no encuentran
y mueran de ignorancias que gozan
el fruto de los hombres tiene los días contados en el árbol.
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cada domicilio abandonado es un ensayo para la muerte
sucios papeles se amontonan bajo las puertas
santos papeles logran que se los lleve el viento
los hombres escriben para darles el peso que los condena
cada hombre muerto es la puesta en escena del tiempo.
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el día tiene tantas horas distintas como los animales del zoológico imperial.
horas santas entre dos y cinco, y los gatos pueden revolver tranquilos la basura
horas malditas entre seis y ocho, y los sueños pueden escarbar impasibles la almohada
horas sin sentido entre nueve y doce, y los ojos deben masticar las luces que los hieren
horas mansas entre trece y dieciocho, los demonios andan jugando tranquilos de árbol en árbol
horas menstruales entre diecinueve y veintiuna, y los espectros se visten en la sombra
horas fantaseadas entre veintidós y una, y las fiebres anotan los cambios en su agenda.
las horas tienen animales que las traen, tienen vapores que las alimentan, tienen esa cosa
el día tiene jaulas, el día tiene peceras, el día tiene serpentarios, el día tiene corrales
la noche tiene guaridas, la noche tiene escondrijos, la noche tiene madrigueras, la noche
finalmente tiene tumbas
que se abren entre los huecos que dejan las horas, y los espectros juegan en la calle desolada.
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juego al ajedrez narcótico con el demonio de mi predilección
el juego se extiende durante toda la noche, tiene sus propias reglas
un juego de únicamente dos piezas que se persiguen y seducen sobre el tablero.
jugamos durante las noches y descansamos en el día
y al anochecer las piezas vuelven a estar en su lugar
al transcurrir el día veintisiete una de las piezas ha sido acorralada
el demonio entonces se esfuma, a la noche siguiente las piezas vuelven a su lugar
y el demonio vuelve a su tormento sin el alma.
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ya nunca más voy a creer en los antropomorfos que vienen con la noche
ni en las noches que se ocultan tras sombras que parecen de hombre
ya nunca más voy a creer que la noche tenga otra forma que la que no creo
no creo que la noche tenga otra forma que la recorta cada vez que me apareces.
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autopistas de la noche en medio de los ladrones de cadáveres
que andan buscando santos
autopsias hechas a nados entre pilas de pieles incomunicadas con el aire
que para abrigar muertes
autómatas/ y ladrones de autómatas
que anidan en la tibia podredumbre buscando la redención en partes
autopistas/ autopsias de la noche.
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estamos cortados de la misma raíz
yo/ y el ahorcado.
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sólo sirve enamorarse de la hija del verdugo si nos consigue la planta santa
o de la hija del juez que hace con su impasibilidad que crezca en una sola noche
o de la hija del rey que afila el hacha dada de manos del mismísimo dios para cortarla
o de la hija del asesino para asegurarnos por herencia una maldición que otra raíz
o de la hija del asesinado para que nos aliente a ir por la planta para la venganza.
pero sólo sirve enamorarse de la mujer correcta, la que pueda contarnos el secreto
a que hora sangrará su padre, a que hora muere, a que hora es abandonado en su sitio.
o de la hija de la muerte.
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la mandrágora es el fruto más dulce que ha quedado de lo que fue el paraíso
los asesinos y bandidos son los hombres mas perfectos que han quedado vivos
a imagen y semejanza del verdugo.
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