NARRATIVA SANJUANINA

Publicado en General el 9 de Noviembre, 2006, 11:07 por adrián_campillay

La muerte de los pobres

por INÉS EGUABURO

la Muerte, ay, nos consuela y nos hace vivir;
objeto es de la vida y la sola esperanza
que, tal como un elixir, nos sostiene y descansa,
charles baudelaire

Desde el principio del tiempo, desde no se sabe cuándo ni dónde, desde siempre se ha enseñado y vuelto a repetir que ningún acto gratuito debe ser realizado. Que ninguno se ha hecho. Por eso la historia y las ciencias y la filosofía y la religión se han ocupado de buscar esas respuestas; más que respuestas, esas razones.

Y ella, como parte de este tiempo, sabía esa consigna. No importaba ser buena o mal alumna, rebelde o prudente. El rebelde tenía su contra (su razón) para rebelarse, así como también la mojigata y el idiota. Por eso ella no podía hacerlo, por más que toda su vida y toda su ella se lo pidiera. Se lo implorara. Pero no existía ninguna razón. Ninguna causa. Ningún motor. El nada porque nada no podía ser. Era imposible, incomprensible, insustanciable.

Soñaba con que algún día le descubrieran una enfermedad incurable. Con tal razón, por más que muchas posibilidades de demorar el final existiesen, era suficiente: no podía darse el lujo (ni ella ni su familia ni el Estado) de gastar millones y millones en algo que de todas maneras fracasaría.


Un novio la dejó. Un corazón destrozado, la excusa perfecta. Pero un corazón destrozado sólo está destrozado completamente cuando se han agotado las últimas oportunidades y posibilidades. Por eso fue tranquilamente a un psiquiatra, ya que en ningún instante sintió el menor atisbo de miedo de que la curase o la hiciese superarlo. Pero el psiquiatra le propuso casamiento y ella no pudo negarse ante esos ojos (ni ante esa bestia del diván). Vinieron hijos. Vinieron mascotas. Vino un aumento en su sueldo. Pero el suicidio seguía en su cabeza, en ella.

Por fin su marido la engañó: segundo gran fracaso amoroso; a los 40 años, con las tetas caídas, ya no era nada factible que alguien así como así se enamorase de ella, como lo hizo una vez su psiquiatra. Así que fue a la farmacia, con una receta de psicofármacos que falsificó con el sello de su esposo. Pero el cadete era un pendejo de culo redondo y parado y de preferencias maduras ¡Qué mierda! Ojo por ojo, polvo por polvo, cuerno por cuerno; la ley de la vida, la divina justicia. De nuevo sin excusa. ¡ Me cago en la progesterona!

Decidió hacer eso que nunca quiso hacer, porque hasta ahora había considerado que nadie merecía ser una consecuencia de sus imposibilidades, o sea, pagar por su propia inutilidad. Pero el tiempo no le dejaba otra salida; corría muy rápido. Un cargo de conciencia no la dejaría dormir y sin dormir ni mirarse al espejo, ni soportar ver sus fotos, ni permitir que sus hijos la besaran, podría seguir viviendo. Lo mejor y más justo sería entonces suicidarse. Si ella mató a alguien, en tal caso lo lógico sería que alguien la matase de la misma manera, y como nadie sabría que había sido ella, pues ella misma sería su propia mano justiciera. Pensó en la víctima: su marido, la mina, el pendejo de la farmacia (por obligarla a pecar). No, él no. Su marido tampoco, por sus hijos, no podían quedar huérfanos. La minita, sí. No soportar la idea de que si mataba a otra persona ella fuese su eventual sustituta. Perfecta razón.

Planeó todo perfectamente. Averiguó sus rutinas y horarios. Buscó las llaves que le había sacado a su marido y se metió a su casa. Esperó a que se durmiera. Llevaba apuntándole a la cabeza dos minutos, cuando se dio cuenta de que no era tan fácil como pensaba y no pudo con el gatillo. Estaba durmiendo así, tan tranquila. La sangre fría no es para nada dominable. La despertó y trató de pelear con ella. La mina impasible, le decía que si quería se quedara con él, que no fue su intención arruinar la relación de nadie. Hizo lo que pudo, pero nada sirvió para discutir o provocar alguna pelea. Tuvo que volver a su casa con la conciencia tranquila, pero sabiendo la razón, el impedimento: ella no la odiaba. Todo lo contrario, la estimaba por haberle dado una razón para matarla; la imbécil fue ella porque no supo aprovechar la oportunidad.

Una de las noches en  que salió a dar una vuelta porque no podía dormir, vio un vagabundo tirado en la banquina y le tiró el auto encima. Al otro día en el noticiero dijeron que un vagabundo había muerto atropellado y la policía no tenía la más mínima idea de quién podría haber sido. Las huellas del auto que habían encontrado podían ser de cualquier Duna de la ciudad (o del mundo). Al día siguiente no se habló más del caso, se cerró. A nadie le importaba.

Pero su conciencia debía estar ajena a esa indiferencia colectiva. Era una vida, era un ser humano. Se supone que le debía importar. Nada. Trataba de acordarse de los ojos aterrados al ver el auto venírsele encima. Nada. El hombre estaba tan borracho que ni se debe haber enterado. Es probable que hasta le haya hecho un favor(el favor que ella había esperado desde el principio del tiempo).

El próximo en atropellar fue un hombre joven, con hijos a cargo. La joven viuda declaró que el hijo de puta se lo merecía porque le pegaba a ella y a sus hijos, además de ser un jugador compulsivo. Tampoco a nadie le interesó saber quién lo mató.

Atropelló a un niño. El haberle arrebatado la vida a un inocente, algo, algo debía provocarle. Tampoco.

Cumplió 88 años. Sepultó a su marido (de muerte natural) y a uno de sus hijos. Ninguna culpa. Ninguna razón. Si algo le pasaba, a sus hijos los cubriría el seguro y sus propias vidas ya aseguradas. 88 años, y sólo una cosa quería y había querido

Su familia la visitaba seguido, por lo que no debía sentirse sola.

Aunque para ser correctos, siempre se había sentido sola, pero eso jamás le molestó. Todo lo contrario. Y una mañana la encontraron sus hijos muerta. Había fallecido mientras dormía. "Menos mal que fue de esa forma, así ni se enteró", le agradecieron sus hijos al dios piadoso.

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