Hector Bruno


El Cofre - Cuento

Publicado en Hector Bruno el 4 de Mayo, 2006, 18:35 por literario

Hector Bruno EL COFRE.

     Subió la vieja escalera sin apuro. Ese fin de semana largo le daba más tiempo para realizar deseos muchas veces postergados.

         Los crujientes escalones le trajeron el recuerdo de aquellos días en que los había contado y recontado mientras acompañaba a su abuelo en la aventura siempre nueva de la ilusión de los secretos contados en voz baja. Uno, dos, tres... Y hasta allí llegaba su dominio de los números.

         Chirriaron las viejas bisagras de bronce, ya marcadas por la pátina de los años y, finalmente, se encontró de pie en la buhardilla en la que había consumido incontables horas escuchando historias y garabateando cuadernos con sus primitivos dibujos de gentes y animales.

         Recordaba con claridad esos cuentos que hablaban de hadas que, con centellante varita, convertían piedras en blancas palomas, de brujas de crujientes huesos y desdentadas bocas, de pájaros liberados saludando a los niños que abrían las puertas de sus jaulas y de simpáticos dragones amigos y consejeros de los más pequeños.

         Pensando en ellos, se preguntó porqué el tiempo en su paso no se contentaba con agregar experiencia y sabiduría sin anular la ilusión, el impulso de la imaginación creadora, con los que felizmente convivimos siendo niños.

Esa imaginación, pensó, que no nos aparta de la realidad, sino que nos la enriquece, la completa, nos abre nuevos caminos que vale la pena recorrer.

         Los aromas de las resinas y el moho se mezclaban, sin confundirse. Cada uno lograba un espacio, protegiendo su identidad, evitando que el otro lo ocultara. La madera no quería ceder su espíritu, mientras las gotas de tiempo se depositaban sobre ella con paciencia, sólidamente.

         Miró al azar, tocado por la curiosidad y el recuerdo que le traían esos objetos tan familiares, tan queridos por sus abuelos. Sintió que la vida se abría nueva y generosamente ante sus ojos, que estaba gozando el lado bueno de esa paradojal dualidad que nos comparte.

         Sin cuidarse del polvo que cubría los estantes, tomó libros de viejas colecciones de aventuras, comprobó gastadas herramientas, pulsó lápices que no escribirían otros cuentos ni dibujarían antiguas geometrías.

         Comparó todo eso con su actual mundo de computadoras y videocámaras, de electrónica actuando por nosotros. Sintió un estremecimiento, que no supo describir con precisión, y pensó si acaso habían despertado, llamadas por ese pensamiento, las deidades del trabajo de las manos del hombre, que allí seguramente reposaban.

         Prefirió no detenerse a contemplar sus ocurrencias y siguió recorriendo los gastados muebles.

         Tomó en sus manos un viejo cuaderno, de hojas que aún mantenían el azul de sus rayas, y al abrirlo aparecieron ante sus ojos los dibujos y collages que había hecho en su jardín de infantes. Se revivió a sí mismo, sentado en la alfombrilla azul, mullida, rodeado de los otros niños, sosteniendo a duras penas una cera de color, intentando garabatear los toscos perfiles de una familia con dos pequeños. Sonrió al ver aquellos trazos y declamó en voz baja, suavemente, los nombres de los transparentes monigotes allí representados... Mamá, Papá, Julia y yo... Levantó la vista.

         En ese momento vio el cofre.

         Lo tomó en sus manos, luego de dejar el cuaderno en su estante.

El gastado cuerpo de madera remataba en una tapa curva engalanada por una lámina nacarada que, orgullosa frente al paso de los años, relucía manteniendo aún el brillo de su nacimiento.

Lo abrió con cuidado.

Un papel prolijamente doblado era todo su contenido. Con mucho esmero lo desplegó y, acercándose a una pequeña ventana, pudo leer un breve mensaje manuscrito, donde reconoció la inconfundible letra de su abuelo.

"No busques, solamente encuentra".

"Si eso haces, nunca padecerás la infelicidad del fracaso ni la ansiedad por el tiempo que continuamente fluye, abandonándote".

"Vivirás, en cambio, la felicidad de la esperanza y la alegría de los descubrimientos".

Volvió despaciosamente el papel a su lugar.

Esa noche, la luna pudo verlo, sentado en silencio frente a la ventana de la buhardilla, sosteniendo entre sus manos un cofre de madera de tapa nacarada.